Los Rayos Cósmicos fueron descubiertos en el año 1902 por el Prof. Hess, y su longitud de onda es de aproximadamente una billonésima parte de un milímetro. Estos rayos, también llamados ultra-gramma, penetran en la tierra hasta grandes profundidades, habiéndoselos detectado incluso en las minas más profundas a muchos centenares de metros bajo la superficie terrestre. Por otra parte atraviesan planchas de plomo de 25 metros de espesor, como si éstas no existieran.
Después de muchos años de pacientes investigaciones se ha constatado que los rayos cósmicos se componen de electrones y de protones, que penetran desde el espacio exterior a nuestra atmósfera terrestre a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo. Al chocar con los núcleos de los átomos de hidrógeno, oxígeno y nitrógeno que hay en el aire, los parten y lanzan sus neutrones y protones al espacio exterior. Bajo el choque de éstos pequeñísimos bólidos se forman nuevas partículas minúsculas, los “mesones”. Según la teoría de Einstein son estos mesones el resultado de la transformación de la energía en materia. Tienen tal velocidad, que su trayectoria no es desviada ni por los campos magnéticos más fuertes. Así estos proyectiles cósmicos que nos bombardean en cantidades de miles de millones por segundo, penetran hasta por lo menos 1000 metros en el interior de la tierra, después de —en su trayectoria— haber desintegrado un núcleo de átomo tras otro. Parece sin embargo que estos rayos cósmicos también pueden ser quebrados y reflejados, al igual que toda otra clase de radiaciones, y se supone que del mismo modo que la luz es reflejada por una superficie de agua, también los rayos cósmicos podrían ser reflejadas por cursos de agua o de petróleo o vetas metalíferas, que hay en el interior de la corteza terrestre.
Por suerte la atmósfera que rodea a la tierra es para nosotros un eficiente escudo, que nos protege de la enorme incidencia de estas partículas altamente energizadas que nos llegan desde el espacio cósmico, como lo haría una placa de plomo de 90 centímetros de espesor; y deja pasar sólo una porción relativamente muy pequeña de los rayos cósmicos, justo la cantidad tolerable para nosotros.
Si bien el cuerpo humano y los restantes organismos vivientes están constituidos de tal manera que no son afectados por esos rayos cósmicos a los que estamos expuestos cotidianamente (tal vez resulte que su existencia sea factor elemental para toda manifestación de vida), parecería que nuestros organismos no están preparados para soportar la casi doble intensidad de esos rayos por el efecto ocasionado por el reflejo de dos o más vetas de agua a diversos niveles, en su punto de cruce. Según algunos expertos, estos efectos de reflejo serían los que son percibidos por la persona sensible, y puestos de manifiesto por las indicaciones de la horqueta radiestésica.
Guido S. Bassler
De: Los secretos de la radiestesia
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