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Un envenenamiento primordial


Hay cierta clase de pensamientos que ejercen una influencia perniciosa porque tienen el poder de una sugestión que induce significados contrarios al bienestar, la salud, la prosperidad, el gozo, etc.

Estos pensamientos tienen un sutil poder programador, es decir que una vez aceptados, se graban firmemente en nuestras mentes y desde ese momento operan como “venenos mentales”. Esto afecta tanto a quien los produce, como también a quien es receptivo a la influencia y permite que el contenido ponzoñoso anide en su conciencia.

Con frecuencia, como señala el místico Spencer Lewis son las personas más allegadas a nosotros, como familiares y amigos, quienes inoculan el pensamiento venenoso con mayor facilidad, porque el vínculo afectivo nos torna menos precavidos y en tales casos la sugestión negativa va acompañada de frases inductoras de aceptación, tales como: “te lo digo por tu bien”, o también: “mi intención es constructiva” “Tu sabes que te quiero, por eso te lo digo”.

Esta experiencia nos acompaña toda la vida, pero la infancia es un período particularmente sensible a los ataques venenosos, debido a la dependencia emocional del niño y a su falta de discernimiento.

Ya antes de nuestro nacimiento las personas significativas de nuestra vida, como padres y abuelos, comienzan a redactar para nosotros un “libreto” que contiene los guiones que han de orientar nuestra conducta, y que vamos incorporando gradualmente en nuestra vida cotidiana.

El Libreto contiene muchos lemas y consignas, tanto constructivos como dañinos, que quedan firmemente arraigados en nuestra conciencia con un variado poder programatorio.

Cuando hacemos un inventario de esas consignas primordiales, siempre se destaca una que caracteriza cabalmente nuestra cultura de culpa y temor: “Dios te va a castigar”. Esa advertencia de nuestros padres y educadores ha sonado antaño en nuestros oídos, como una constante apelación para reprimir algún exceso infantil, o implantar regulaciones en la conciencia. Como ellos a su vez estaban programados en los mismos valores y actitudes, no advertían, salvo excepciones, que es una notable afrenta a la Divinidad, atribuirle tales sentimientos humanos de retaliación destructiva. Así aprendíamos que había un Ser muy poderoso y temido, que se iba a ocupar de nosotros para aplicarnos un castigo. Esa idea contiene un veneno muy efectivo, porque desde la más total indefensión, el sujeto queda expuesto a una amenaza angustiosa. Su mundo mental queda contaminado con un miedo difuso y generalizado y la conciencia más o menos vaga de ser merecedor de castigo. Se establece así un sentimiento íntimo de “maldad”, suciedad, o fealdad moral, que pone en marcha la maquinaria de la “autodenigración” en virtud del dinamismo de consecución de objetivos que caracteriza nuestra función mental.

Y quedamos así en sintonía con experiencias punitivas de fracaso, sufrimiento y enfermedad, en relación a nuestra condición culposa.

La víctima del envenenamiento comienza a buscar el perdón en personas e instituciones, a vivir atormentado y a elaborar complicadas estrategias para aplacar la “santa ira” del Ser Supremo. Y así aprendemos a vivir con miedo, y viviendo con miedo no podemos amar, ni adorar, con salud y madurez; porque la existencia contaminada por esa ponzoña, se expresa en una imagen del mundo menguada, dolorosa, empobrecida y triste.

Pero esa no es nuestra condición natural sino una deformada producción cultural. Precisamente, cuando de tiempo en tiempo surge la fantasía de una “nueva era”, incluimos en ella ciertos componentes que son una constante: concebimos una sociedad fraternal y solidaria y una cultura libre de miedo. Esto expresa nuestra necesidad de cancelar aquella programación primordial y contaminante, y remplazar esa falsa creencia por un nuevo Principio coherente con la Fuente de Vida, de la cual todo procede y a la cual todo retorna.

Esto nos lleva a reconsiderar el vínculo con el Ser Supremo, y a partir de ahí, con todos los seres. Y hay un hecho decisivo que lo fundamenta: Que el Amor de Dios es incondicional.

En consecuencia, el miedo no es de “arriba” sino de “abajo”. Recordemos la enseñanza del Divino Maestro Jesús: “¡Nolite timere!” que significa: no querais temer. Y la de su discípulo Juan: “Dios es amor… no hay temor en el amor…el que teme no ha alcanzado la plenitud del amor” (1a. 4:16 ss.)
Para poder vivenciar estos Principios Espirituales es imprescindible no considerar a la Divinidad como un objeto externo ni contaminarla con rasgos antropomórficos. Y esto es particularmente problemático para quienes han crecido en un medio social o familiar autocrático y vertical, que regula la conducta desde la culpa y el rechazo, y piensa los mundos espirituales desde su mundo cultural concreto. Un ejemplo de esto es imaginar el mundo celestial como una “corte”, de acuerdo al modelo cultural monárquico, o imaginar a los ángeles formando “ejércitos”, en torno a la imagen del Rey Supremo. Y el sonar de las trompetas del exterminio…!

¿No sería más inspirador y acorde con la verdad metafísica, contemplar la ola que se sustenta en el mar y pensar que no es sino el mar ondulándose?

Prof. Carlos A. Papaleo
Lic. en Filosofía. U.Sal.
Lic. en Psicología. U.B.A.
sofrosine3@hotmail.com

 

 

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