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El
acto de alimentarse además de cumplir una función
nutritiva, posee una fuerte carga simbólica,
que puede servir de vehículo de expresión
de algunas enfermedades como los trastornos de la
alimentación. Dentro de ellos, tanto la anorexia
y/o bulimia, el comer compulsivo, la dieta crónica,
se desarrollan cuando el acto de comer deja de tener
el objetivo de nutrir el organismo. En cualquier alteración
de la conducta alimentaria, subyace una problemática
afectiva.
La relación directa que existe entre alimento
y emoción es fácilmente observable en
cualquier individuo. Frente a un estado de estrés
emocional, todas las personas manifiestan algún
cambio en sus hábitos alimentarios: por ejemplo,
comer por aburrimiento, gratificarse con un dulce
porque se está triste, no sentir hambre cuando
se está enojado, etc. Esto demuestra que existen
diferentes situaciones y emociones que se enfrentan,
aumentando o disminuyendo la ingesta habitual y evitando,
de este modo, sentir aquello que tanto perturba. Cuando
este mecanismo es el único modo de respuesta
que una persona tiene para afrontar sus problemas,
se produce una alteración permanente en el
uso y significado que se le da al alimento. El impulso
a comer o su contrario, la tendencia a la restricción
de la ingesta, constituyen una respuesta rígida,
inevitable y casi exclusiva para calmar estados emocionales
displacenteros. La preocupación por el control
del alimento, el cuerpo y el peso, se convierte en
un intento fallido de distraer la atención
de aquellas situaciones que generan dolor y angustia.
La novedad científica consiste en el hecho
de que, en la base de cualquier alteración
de la conducta alimentaria, subyace siempre una problemática
afectiva que la persona no puede enfrentar y resolver
de un modo más funcional. Por esta razón
el enfoque psicológico-nutricional es el más
adecuado para tratar este tipo de trastornos, al igual
que otros desórdenes emocionales. Partiendo
de la premisa que el alimento se entrelaza con las
emociones, un primer paso sería diferenciarlos.
Es necesario devolverle a la comida la utilidad que
tenía en un comienzo: nutrir el organismo.
El cuerpo consta de dos sensaciones básicas:
hambre y saciedad, por medio de las cuales informa
que necesita alimento o por el contrario, que está
satisfecho. Las personas que padecen un trastorno
alimentario han perdido la capacidad de reconocer
estas señales. Para ello existen técnicas
específicas que posibilitan el reencuentro
con las necesidades y sensaciones básicas del
cuerpo.
El paso siguiente sería enfrentar las emociones:
Una vez que la persona está en condiciones
de diferenciar los momentos en que come por hambre,
de aquellos otros en que lo hace por una necesidad
emocional, puede distinguir cuáles son las
situaciones personales que lo conducen compulsivamente
a la comida, o por el contrario, que lo llevan a ejercer
un control de la sensación del hambre y la
ingesta.
Desde el punto de vista psicológico y dentro
de un tratamiento, es posible entender a “los
problemas con la comida”, como una pantalla
o una defensa que la persona se autoimpone para mantener
alejados de sí otros conflictos a los que no
puede hacer frente.
Tomar conciencia de las emociones displacenteras que
dichos conflictos generan, facilitaría el desarrollo
de recursos más adecuados para afrontarlos,
sin la necesidad de recurrir al alimento que en tanto
síntoma oculta.
Lic.
Silvia Aiani
Especialista en trastornos
de la conducta alimentaria
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