La
Sabiduría antigua nos ha legado profundos conocimientos,
custodiados por el lenguaje de las alegorías
y haciendo referencia frecuentemente a procesos naturales
a partir de los cuales, por analogía, podamos
comprender leyes y principios del ser.
Con esta perspectiva interpretamos que el escultor
no crea una forma en el mármol sino que la
libera y pone de manifiesto, quitando los materiales
que la ocultan. De este modo procedemos nosotros también
cuando nos damos cuenta gradualmente que somos algo
más que nuestra exterioridad y ponemos nuestra
atención en producir la emergencia de nuestro
ser interno.
En el mismo sentido, el Alquimista Trascendental nos
habla del crisol de la vida, en el cual procesamos
la materia burda de nuestra existencia, para separar
la escoria del material noble. El crisol o marmita
es la circunstancia vital en la cual cada uno de nosotros
ingresa al nacer, y a partir de esas condiciones concretas,
impulsado por el fuego del discernimiento, puede separar,
diferenciar y destilar el significado esencial del
propio ser.
Porque sucede que el Tesoro o la Piedra Preciosa,
están a veces tan sumergidos en la vestidura
material que resultan irreconocibles, salvo para la
vista agudizada del buscador experimentado. La Piedra,
el Oro, el Elixir, la Quintaesencia, siempre estuvieron
allí como presencia ignorada. Es necesario
aprender a ver y luego proceder mediante el conocimiento
y la práctica, a pulir, fundir, limpiar, extraer
y finalmente liberar al “prisionero”.
Cuando accedemos a este desvelamiento de nuestra identidad
radical, entonces comprendemos que somos mucho más
que lo que creemos que somos.
Este conocimiento hermético nos ha llegado
también en la forma simbólica del “Cuerpo
Diamantino”. Esta expresión arcana es
una cifra, en la cual se contiene una enseñanza
acerca de nuestra naturaleza esencial y la meta de
nuestra evolución. Esta noción iniciática
se inscribe en el marco de la doctrina de la Luz Interior
del Legendario Thot, a quien los Griegos llamaron
“Hermes”, el “Trismegisto”,
esto es, tres veces grande, porque de acuerdo a la
tradición órfica fue consagrado en los
Cielos, en la Tierra y en los Abismos.
Nada mejor entonces que concluir estos comentarios
con una apelación que se le atribuye: “Tu
eres Luz, deja que la Luz brille”.
Lic.
Carlos Papaleo
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