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Inmigrantes en la sangre

Inmigrantes en la sangre
Si uno piensa en la cotidianeidad del trabajo, hay imágenes que tenemos estampadas por el sello de la mezcla migratoria de las diferentes nacionalidades que se integraron a los criollos. Esto se manifestó en septiembre porque en muchos lugares del país se festejó el Día del Inmigrante, para honrar el aporte que hicieron a este país de brazos abiertos.
Se celebra porque el 4 de septiembre de 1812 el Primer Triunvirato dictó un decreto fomentando la llegada de extranjeros y nuestra Constitución refrendó ese hecho fundacional al establecer: “…para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.
Se suele mirar con nostalgia y calidez a quienes llegaron a principios del siglo XIX porque aportaron esfuerzo y cultura a la formación de nuestra identidad desde el trabajo agropecuario y tantos oficios en una especie de épica sobresaliente, ejemplar.
Sin embargo, cuando se habla de las nuevas migraciones, es decir, coreanos, chinos, bolivianos, paraguayos, peruanos o el genérico “africanos” (porque no sabemos diferenciar un senegalés de un ghanés), surgen prejuicios o discriminaciones.
Pareciera que era más noble el vasco lechero de 1920 que un boliviano en una huerta en 2008. Se recuerda con simpatía a la costurerita italiana de 1910 y se trata con desdén al paraguayo albañil de estos días. Y ni hablar de esos entrañables cultivadores franceses que se asentaron en Santa Fe hacia 1857, frente a la desconfianza con que se observa a esos negros africanos que hoy venden bijouterie por los bares de la Capital.
Hay arquetipos de oficios e inmigrantes que han quedado asentados y otros que se van fijando en nuestra conciencia pública. Japoneses tintoreros o dueños de viveros; españoles bodegueros; coreanos con sus tiendas; chinos con supermercados; paraguayos en la construcción; judíos con sus cooperativas agrícolas y hasta los españoles anarquistas panaderos que tuvieron la osadía de rebelarse de manera simbólica contra el orden establecido y llamaron a las ricas facturas con nombres provocadores: bolas de fraile (o “suspiro de monja”), sacramento, vigilantes, cañoncitos…
Mientras vemos cómo el mundo industrializado se cierra a la inmigración, nuestras fronteras siguen abiertas como país inclusivo (no expulsivo), integrador de las culturas, razas y religiones. Todo converge y suma, son el condimento de esta cultura única en el mundo que nos diferencia y da identidad. No perdamos esa perspectiva. Amemos al otro, al diferente, que eso nos enriquece.
Sus banderas, son las nuestras y la celeste y blanca nos une. Ya lo dijo Borges: “nuestra tradición es el mundo” y no estaba errado.

Hugo Kelway

 

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