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La virginidad tiene que ver con el hecho de que el corazón no ha sido invadido por propósitos ajenos al Bien, la Verdad y la Belleza, atributos de la Divinidad.
Un grupo de matrimonios pertenecientes a un movimiento religioso, organizaron una Jornada destinada a analizar el tema: Sexualidad y Matrimonio. Y me invitaron a participar como conferencista. Al considerar el ámbito en que se llevaba a cabo el trabajo, sugerí que se ampliara el título de la convocatoria, porque siendo matrimonios que profesan el credo cristiano, su sexualidad, como cualquiera otra conducta, se enmarca en un contexto de significado religioso.
Es decir que en la vida de un creyente, el valor religioso como experiencia vértice, es el principio ordenador y significante de su acontecer existencial.
El título completo debería ser entonces: Sexualidad, Matrimonio y Religiosidad.
Aquí exponemos una síntesis de esta conferencia llevada a cabo en San Antonio de Arredondo, Córdoba, Argentina.
Los términos: sexualidad y religiosidad, suenan como disociados, problemáticos, y a veces como francamente incompatibles. Particularmente cuando se piensa en la religiosidad como santidad o camino de perfección.
Esta oposición práctica, que fue muy marcada en la sociedad tradicional, perdura aún en nuestros días, y aparece con frecuencia solapadamente, a pesar de las declaraciones formales o teóricas. Porque se encuentra grabada muy profundamente en nuestras mentes. Recordemos que en nuestra infancia, a mediados del siglo anterior, aprendíamos que la sexualidad era algo acerca de lo cual, las personas respetables no debían hablar, y en la catequesis era un tema referido al demonio y las tentaciones. Para los educadores religiosos de nuestra juventud, herederos directos del puritanismo victoriano del siglo XIX, abordar este tema era una verdadera pesadilla, sobretodo si ellos mismos eran célibes. Su prédica a los adolescentes y jóvenes se centraba en la preocupación de evitar cualquier expresión sexual. Recuerdo que el temor era el principal argumento para vencer la “tentación”. Cuántas veces se nos advirtió que la tisis, la tara mental, y el acné eran productos de los excesos sexuales, especialmente de la masturbación. Y que el “Ojo de Dios” nos veía en todo momento, aún cuando nos ocultáramos para el “vicio solitario”. De modo que para las personas religiosas, la sexualidad tenía un sentido perturbador y conflictivo. Tener “malos pensamientos” no era pensar en la guerra, el hambre, la miseria, sino pensar en cosas sexuales y la “pureza” tenía que ver con permanecer ajeno a esos hechos “indeseables”. Una persona “edificante” jamás se manchaba con referencias a la corporalidad y a sus órganos, y no pocos utilizaban en la vida monacal el “bastón de la modestia” para evitar todo contacto con sus genitales.
¿Cómo se pudo llegar a esta situación cultural, en la que la experiencia sexual y la experiencia religiosa parecen recorrer caminos divergentes, como “lo uno o lo otro”? ¿Por qué parecía mas “digno” un clérigo célibe que uno casado? ¿Qué tiene que ver el sexo con la dignidad pastoral?
¿Por qué el mismo clérigo casado, trata a veces de mostrar que su vínculo de pareja es desexualizado y deserotizado? ¿Quizás sienta que no es apropiado a su condición de “hombre de Dios” mostrar interés en el placer sexual, o que un matrimonio serio y ejemplar solo piensa en la procreación como finalidad de la pareja humana? En una oportunidad escuché este comentario a un célibe que dejó el ministerio para casarse: “Tuve que elegir entre el amor de Dios y el amor humano”. ¿De dónde proviene este dualismo del amor? ¿Cómo pudo esta persona llegar a pensar que si elegía expresar su amor en la pareja, no elegía a Dios?
Cuando se afirma que el “estado de perfección” implica la castidad, esto es la supresión de la sexualidad, ¿no se nos dice al mismo tiempo, que a Dios le agradan más las personas que se abstienen del sexo? Para quienes piensan de este modo, quieran reconocerlo o no, la religiosidad pasa por el eje de la sexualidad en términos negativos.
Por eso también se llegó a desvirtuar el sentido de la castidad. El ser casto o puro se refiere a una condición del corazón. Entendiendo como tal la interioridad del propio ser, y el hecho de estar polarizado en pensamientos nobles y aspiraciones puras, referidas a la vida, el amor, la belleza, la justicia, la verdad, el bien. Y el ser casto o puro se refiere a una condición del corazón, la virginidad, en lugar de tener que ver con tejidos y órganos corporales; tiene que ver con el hecho de que ese ámbito íntimo del ser —el corazón— no ha sido invadido por deseos o propósitos ajenos al Bien, la Verdad y la Belleza, atributos de la Divinidad.
De modo que cuando ese centro del ser —el Trono de Dios en el Corazón Celestial— es usurpado por los ídolos como la codicia, la envidia, la violencia, la soberbia, la intolerancia, la superstición, el miedo, el rencor, etc., se pierde la pureza porque se profana el Santuario, sustituyendo al Rey por un impostor.
Con claridad nos dice la Sagrada Escritura que “en la fabricación de los ídolos tuvo su origen la fornicación”. La fornicación tiene que ver entonces con una perversión, en la que el propio ser queda atrapado en una maraña de distorsión, falsedad, mentira, engaño, error; apartado del sendero que conduce a la Justicia, y rindiendo culto a los objetos de la ilusión.
Queda entonces convertido en otro, esto es “alienado”, y dedicado a atrapar vientos.
¿Cómo se produjo un cambio conceptual tan radical, para que la sexualidad quedara en un lugar central, velando y disimulando lo verdaderamente esencial a la religiosidad?
¿Por qué el sexo ha llegado a ser uno de los principales “distractores” en el camino espiritual? El sentido de estos cambios se remonta a fuentes muy lejanas en el tiempo, cuya influencia ha marcado y también “atormentado” a muchas generaciones. En el “dualismo maniqueo” se sintetizó lo peor de esta influencia cultural. Para un maniqueo la oposición de espíritu y materia era irreconciliable. El Bien, la Luz, lo noble, puro, digno, santo, era propio del mundo espiritual. El Mal, lo tenebroso, lo impuro, lo sucio, pecaminoso, tenía que ver con la condición material del hombre, sus deseos, apetitos, impulsos. Era el reino del Maligno. En especial, el sexo era igual a “Satán”. Era por donde entraba Mandinga, en los asuntos humanos. Y por consiguiente, la sexualidad matrimonial, lejos de ser una experiencia unitiva y de plenitud vital, era una concesión, un permiso, para aquellos que no pudiendo suprimir su necesidad sexual, y debido a su “flaqueza” se unían en la carne. Los que en cambio, vencían el poder de la carne (la concupiscencia), eran los “perfectos” “los puros”. Entre ellos se elegían los verdaderos y auténticos servidores de Dios. Aún en nuestro tiempo, algunos siguen pensando que la consagración a Dios implica necesariamente el “renunciamiento” a la sexualidad.
La concepción holística de la sexualidad
Hoy, a pesar que esta carga cultural pesa sobre nosotros y se muestra en múltiples disfraces, algunos de alto vuelo académico-teológico, nos colocamos en una perspectiva diametralmente opuesta, y en una actitud de reconciliar y no de dividir, la personalidad en una “guerra interior entre el Bien y el Mal”. Gracias a ello, nos podemos hacer preguntas como esta:
¿Cómo integrar la función sexual en la experiencia religiosa? Para intentar una respuesta a esta cuestión, es imprescindible practicar una catarsis mental, y este es el propósito de la introducción que hemos hecho, la cual apunta a depurar nuestra mente de ideas y creencias amasadas en el dualismo maniqueo. En primer lugar, es necesario salir de la deformación conceptual que hizo de la religiosidad una experiencia punitiva, mortificadora, incompatible con el goce y centrada en el pecado y la indignidad. Y en segundo lugar, que hizo de la sexualidad una experiencia que debía ser severamente fiscalizada por el poder religioso. Por eso, insistimos, es necesario un cambio en el modelo de pensamiento —una Metanoia— para re-significar la experiencia sexual en el marco de la pareja humana y la religiosidad. Esto es, aprender a ver la sexualidad de otro modo, que no sea la de un mero impulso biológico, potencialmente peligroso para la virtud. En la dimensión humana es posible concebir la sexualidad como una función vital de la personalidad que tiene su propio proceso de evolución, de modo que pueda integrarse en una comprensión espiritual, sin despojarla de su naturaleza. La pareja humana que crece en el amor integra progresivamente el apetito sexual a los planos emocional y mental como: atracción-deseo-unión. De modo que la experiencia sexual conduce a la plenitud del propio ser en el otro. En este punto se integran la dimensión biológica, la emocional y la mental, como una experiencia psíquica, y la sexualidad trasciende definitivamente la condición puramente animal e instintiva, en la que quedó atascada la concepción religiosa tradicional.
Aún es posible un paso más en la evolución de la función sexual, mediante su integración a la dimensión espiritual de la personalidad. Para ello, nos serviremos de algunos conceptos del antiguo Gnosticismo Cristiano, mediante los cuales podremos visualizar mejor la sexualidad expresándose en el plano cósmico. El mundo de las formas —la Creación— es el “Filius”, esto es el “Hijo” que es concebido, gestado y dado a luz en el útero cósmico, cuando Nous o la Idea Creadora que emana del UNO como su expresión masculina y paternal, fecunda a Physis, la Substancia Primordial, que también emana del UNO, como su componente femenino y maternal. Esta unión cósmica es la experiencia original de la creación, representada simbólicamente como una Boda Alquímica. Los antiguos iniciados en Egipto representaron estas esencias creadoras con los mantras RA y MA, de modo que la unión de las voces masculinas (RA) y femeninas (MA), reproducían la experiencia creadora original. Ahora apliquemos este esquema de comprensibilidad a la sexualidad de la pareja humana. Cuando el varón (RA) y la mujer (MA) se unen como pareja humana en el abrazo sexual, cada uno de ellos canaliza el poder de Nous y Physis, y reproducen el acto originario de las potencias creadoras emanadas del UNO. Contemplado el acto sexual en este plano Pneumático o Espiritual, en el cual se integran los planos subyacentes en toda su plenitud, la función sexual de la pareja, se expresa como una experiencia religiosa, pues actualiza el acto originario de la creación y pone de manifiesto la vivencia de unidad y totalidad, como hecho esencial y central de esta experiencia.
Prof. Carlos A. Papaleo
Lic. en Filosofía U.SAL
Lic. en Psicología UBA
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